20 de agosto de 2026

Órganos de Montoro, Estrechos de Valloré y Boca del Infierno

 Sábado 14 de diciembre de 2024

Los, ya pocos, que seguís este blog, o los que me conocéis personalmente, ya sabéis como he cantado siempre mis alabanzas hacia Teruel, y mi querencia a ir a sus sierras y montañas. Pues con todo eso tenía pendiente acercarme a la zona de Pitarque, Montoro de Mezquita y Aliaga, y conocer uno de los rincones, labrado por los ríos Guadalope y Pitarque, más espectaculares, si no el que más, de esta provincia. Os lo cuento en este, y en el reportaje de dentro de diez días.



Pese a estar en la vecina Teruel, este enclave me pilla a casi tres horas de Betxí, por eso planifiqué la visita en plan escapada furgonetera de fin de semana e intentando abarcar buena cosa de parajes, sobre todo en la jornada del sábado, en la que me propuse juntar en la misma ruta los que a mi parecer son los tres lugares más espectaculares de la zona, es decir, los Órganos de Montoro, los Estrechos de Valloré y la Boca del Infierno.

El punto de inicio de esta intensa ruta fue Montoro de Mezquita, a donde llegué anocheciendo el viernes, por lo que apenas pude ver el soberbio paisaje con el que desperté el sábado. Lo que si que hice esa noche de viernes fue desconectar, pero de forma literal, pues había cero cobertura móvil, al menos de mi compañía... ¿Solución?, algo de lectura, o simplemente abstraerme en mis propios pensamientos...

La primera parte de la ruta se basó en saltar, con unos cuantos kilómetros y cuestas de por medio, del Guadalope al Pitarque, siendo las vistas al fantástico entorno de Montoro y el paso junto a la roquera Ermita de San Pedro los puntos álgidos, aunque también hubo otras cositas, ya lo iréis viendo en las fotos... Una vez en el Pitarque continué aguas abajo en busca de su confluencia con el Guadalope. ¿Y qué hay cerca de esa confluencia?. Efectiviwonder, los Órganos de Montoro, la maravilla geológica que tantas veces había visto en fotografía y que ahora tenía ante mis propias narices... Con el Guadalope, aguas arriba, como guía, puse rumbo a Montoro, pasando entre medias por el Estrecho de las Tajadas, la cual cosa no me esperaba y fue una agradable, y preciosa, sorpresa... De vuelta a Montoro de Mezquita callejeé un poco y me enfilé hacia la que para mi es la joya de la corona de esta comarca, y por que no decirlo, de toda la provincia, y que recibe el nombre de Valloré. Y es que no solo son los estrechos, es la forma que corre el agua por ellos, su bestial geología caliza, los tejos que arraigan en él, la fascinación fue inmediata... No le fue a la zaga lo que vino después, unos kilómetros río arriba. La Boca del Infierno me dejó con la mía abierta... Y pensaréis que el Guadalope no daba ya para más. Pues no, aguas arriba, cuando estas bañan las tierras de Aliaga, hay otro rincón guapo, que es el que visitaría el día siguiente y que os enseñaré dentro de diez días... Ahora había que volver a Montoro, y lo hice parcialmente aguas abajo del Guadalope, y digo parcialmente por que al salir de la parte más espectacular de los estrechos una señal me sugirió subir al Mirador de Valloré. ¿Valió la pena?, y tanto, es más, hubiese sido un crimen no hacerlo. Vale que la subida es potente, pero la visión aérea que se obtiene de Valloré es magnífica y lo compensa, y a mi me ratificó mi opinión sobre que este es el lugar más espectacular de todo Teruel. Además, la vuelta a Montoro, por esta variante, es altamente panorámica, y contiene un pelín de aventura que tampoco esperaba y me encantó... Y ahora tras haberos contado un poco por encima como fue esta brillante ruta, me espera la titánica misión de hacer la criba fotográfica entre más de 400 imágenes...

Montoro de Mezquita, 8:45 de la mañana. Hacía mucho frío y me hubiese quedado más rato remoloneando dentro de la furgoneta, pero no quise demorar más la hora de salida, pues los días de diciembre son muy cortos, y teniendo en cuenta que la ruta iba a sobrepasar los 20 kilómetros de longitud...

En Montoro de Mezquita, cada uno se resguardó de la fría noche como pudo...

Me fui alejando del pueblo dejando tras de mi el circo rocoso que cierra el valle del Guadalope, en el que había mucha escarcha...

...entre esa escarcha pude ver, y fotografiar, antes de que saliese disparada, a esta hembra de corzo, que volvía de beber del río.

Este primer tramo de la ruta no tuvo desperdicio...

...entre pasos como este...

...y estas vistas hacia Montoro y su entorno, no me faltó entretenimiento visual y fotográfico.

El sol todavía no iluminaba Montoro de Mezquita...

...pero si las escarpadas montañas de su alrededor, creando una bonita y alpina imagen.

También permanecían a la sombra las peñas...

...bajo las que está construida la Ermita de San Pedro...

...también conocida como Ermita de la Roqueta y su construcción data, según un panel informativo, del siglo XII, tras aparecerse San Pedro a un pastor de la zona.

Otra historia que cuenta el panel es que en el siglo XIV siete hombres de Villarluengo peregrinaron a la Basílica de San Pedro en Roma para rogar el fin de una extrema sequía. Allí les indicaron que hubiera bastado con que hubiesen peregrinado a este templo más humilde. Cumplida la rogativa en la pequeña ermita, los siete hombres fueron muriendo de fatiga en su regreso a Villarluengo...

...y es por eso que durante el tramo siguiente de la ruta pasé junto a siete cruces, que indican donde murió cada uno de los peregrinos. Esta es una de ellas.

Tras la ermita me encontré un paisaje agreste pero con signos de antropización...

...bien escenificado con la grieta en los roquedos y la masía con sus bancales.

El terreno se volvió más amable al alcanzar las lomas de los Llanos de la Latonera, donde pude ver parcialmente la parte alta de los Órganos de Montoro.

Y ya en la pronunciada bajada al Pitarque apareció ante mis ojos esta peña...

...que recibe el nombre de el Castellar...

...y que tomó el protagonismo durante toda la bajada...

...protagonismo compartido con las vistas hacia el valle del Pitarque.

La tarde anterior, de camino a Montoro de Mezquita, vine por este valle, y es una gozada conducir con semejante paisaje.

Detalle del grupo de casas de la Masadica y las peñas y el monte de la Cerralosa.

Culminando la bajada al Pitarque, que incluyó un tramo de carretera y el paso junto al complejo hotelero de las Fábricas.

En este tramo final de bajada ya pude disfrutar de formaciones geológicas similares a los Órganos de Montoro, que sirvieron de aperitivo ante lo que me aguardaba más adelante.




Río Pitarque, fotografiado desde un puente que lo vadea.


No crucé el puente, sino que seguí por un carril paralelo al río. El paisaje ya se atisbaba espectacular.

Amplia vega del Pitarque una vez confluido con el Río Cañada, que enseguida tributa al Guadalope.

Empezaba el espectáculo de torres, crestones y cuchillares calizos. Todo ello con una esplendorosa jornada de cielos azules para disfrutar de él.




Y aquí en este punto el recorrido entraba en el tramo del Guadalope que discurre por los Órganos de Montoro...

...así que agárrense que vienen turbulencias de espectacularidad.

Brutal.

Sobra decir que este es uno de esos parajes en los que las fotografías no logran dimensionar la grandeza del lugar. Yo al menos lo intenté.

A la espectacularidad del entorno se sumaron ciertos tramos equipados. Apuntar que una crecida del Guadalope se había llevado uno de ellos, por lo que me vi obligado a descalzarme y catar las frías, muy frías, aguas del río.

Detalle de uno de los tramos equipados.

El contraste, como iréis viendo en las fotos, entre los altos escarpes y cuchillos calizos, y el arbolado de ribera, es brutal.







Y este es, bajo mi parecer, el tramo más soberbio de los Órganos de Montoro. Disfruten de él, yo lo hice mucho viéndolo y fotografiándolo, así como ahora repasando las fotos para elaborar este reportaje.







No podemos obviar, ante tanta espectacularidad, al juguetón Guadalope, que su parte de responsabilidad tiene en todo este tinglao.

Ya fuera de la influencia de los Órganos topé con este puente, que tiene un curioso paso, equipado con grapas, en uno de sus estribos.

Al otro lado del puente vi esta masía, con un gran nogal.

Y un poco más adelante el Guadalope parecía otro, como si lo hubiesen domesticado.

Pero nada, enseguida recuperó su estado salvaje, en el Estrecho de las Tajadas.

Vaya pliegues guapos hay allí.

Este estrecho también se encuentra equipado, con escalones y pasarelas de madera.

El Guadalope, en uno de sus tantos encajonamientos.

Este paso es bastante aéreo, de ahí que haya instalado un quitamiedos.

Tramo de pasarelas del Estrecho de las Tajadas.

Últimamente no estudio muy a fondo las rutas nuevas que voy a hacer, y eso me lleva a tener pequeñas sorpresas como este estrecho, por el cual no esperaba pasar.

Tras el paso por el Estrecho de las Tajadas me dispuse a cerrar este primer tramo circular de la ruta, volviendo a Montoro de Mezquita. Altas torres se dejaban ver entre la foresta.

Ancha vega del Guadalope, en la que ya pude distinguir las casas de Montoro.

Iglesia de la Asunción Montoro de Mezquita, cuyas calles ya se encontraban iluminadas, que no calentadas, por el sol de la una de la tarde.

Al salir de Montoro, y siempre con el Guadalope como guía, me dirigí hacia el plato fuerte de la jornada...

...Valloré. Solo con intuir el paso del río entre todo ese entorno calizo ya me hizo predecir que lo que iba a prometía ser alucinante.

De momento el Guadalope, antes de entrar yo en los estrechos, ya se volvía a desatar.

Ya metido en los estrechos encontré el primer tramo de pasarelas...

...que aquí realizaban un curva.

Con la pasarela se puede calibrar la altitud de las paredes.

Volvía el espectáculo de crestones y cuchillares.

Unas fotos, esta y dos más, del tramo inferior de los Estrechos de Valloré.


Entre el arbolado que resiste dentro del estrecho, hay un par de tejos...

...que viven en comunión y armonía con los otros árboles.

A la salida de este primer estrecho, entrada en el sentido del río, unas escaleras sitúan las pasarelas a un nivel superior.

Detalle de las pasarelas, y como las adaptaron a los obstáculos, o séase a los pedrolos, del río

Tramo de transición entre estrechos. En nada me adentraría en esa fantástica angostura.

Como si la entrada a una fortaleza se tratase, el murallón calizo...

...tenía sus torres.

Antes de adentrarme en el estrecho pude ver esta preciosidad de valle, por el cual discurre el Barranco de Valloré.

Y es justo a la salida de este estrecho donde dicho barranco confluye con el Guadalope.

Si la salida de este estrecho os parece guapa ya veréis la entrada.

Estas escaleras permiten entrar en el estrecho...

...y acceder a las pasarelas que lo atraviesan.

Maravilloso.

Pero para maravilla, os lo había dicho, la entrada a este estrecho.

Sobran las palabras.

Sirvan de nuevo las pasarelas y puentes para calibrar.




Bienvenidos de nuevo a la fiesta de la geología.




Tras el estrecho, el Guadalope, momentáneamente sosegado, aún no había terminado su función por hoy...

...pues todavía me tenía que deleitar con la Boca del Infierno.

El color de la roca de este estrecho ya fascina desde lejos...

...y no solo eso, sino que además brota agua de ambas paredes.

Boca del Infierno.

Mamma mía!!

El Guadalope de nuevo alborotado, a su paso por la Boca del Infierno.

...y que allí recibe el aporte de esta chorrera, que brota de la pared.

Entrada, según el curso del río, de la Boca del Infierno. En este punto di media vuelta.

Me despedí de la Boca del Infierno...

...y me dispuse a adentrarme de nuevo en Valloré.

Es de esos sitios por los que no importa pasar dos veces, ¿verdad?.

Y además, al volver a pasar, conté con figurantes humanos y caninos, para poder dimensionar como toca el entorno.


Y por si fuera poco la luz tan especial de las tardes de invierno también jugó a mi favor en este tramo.

Al salir del estrecho se me presentó la posibilidad de subir al Mirador de Valloré, no me lo pensé ni un segundo. Así se ve la salida del estrecho al poco de empezar a subir.

Y así se contempla el valle del Barranco de Valloré, que poco tiene que envidiar a valles más septentrionales.

De hecho aquí nada tiene nada que envidiar a montañas más septentrionales de esta misma región.

Mirad que aguja preside este valle.

Mirador de Valloré, donde pude ver estos diplodocus calizos...

...los propios estrechos...

...e incluso la Boca del Infierno.

Soberbio, sin más.



Pero no acababan aquí las emociones fuertes, pues me esperaba una vertical bajada hasta Montoro de Mezquita, en la que encontraría algunos pasos equipados con grapas.

Montoro de Mezquita, de nuevo a al sombra. Poca luz solar recibe en invierno este pequeño pueblo.

La bajada mantuvo el nivel de espectacularidad de el resto de la ruta, con pasos entre agujas...

...y el tránsito por estrechas, pero seguras, viras rocosas.

Vistazo a los paredones que custodian Montoro...

...y en general a todo el fantástico entorno por el que había discurrido la segunda parte de la ruta.




Poco más que añadir. A nivel paisajístico, una de las mejores rutas realizadas en 2024, y que llegó en las postrimerias de aquel año, con las fiestas navideñas al acecho, por eso despido el reportaje con este pequeño nacimiento que vi en una ventana de Montoro de Mezquita.


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